Crónica de una muerte que se pudo evitar

DULCE VALDEPEÑA/

A las once de la mañana de ese martes, el poblado de Tetela del Volcán lucía aún tranquilo.

Agazapados, algunos grupos de vecinos se encontraban atentos de la llegada de Ana Bertha Haro, la presidente propietaria quien después de un mes de lucha legal finalmente recibió la orden judicial para ser reinstalada en el cargo.

La alerta hasta ese momento fue evitar el ingreso de la ex candidata a la diputación federal al Ayuntamiento porque en sesión de cabildo, presentó no una sino tres licencias en el que la última especificó ser “definitiva” y en una comunidad donde la palabra es ley, eso significó un rotundo desapego al cargo conferido.

Treinta minutos después a través de mensajes en dispositivos móviles se informó sobre la detención de un colombiano, con el significado que el gentilicio había adquirido en los últimos meses, ello significó desde el primer rumor que algo serio estaría por ocurrir y la cuestión administrativa pasó a segundo término.

La Fiscalía en el estado de Morelos sobrepasó el límite de la comunidad: levantar la voz. Minimizar el llamado de alerta en los poblados de la zona boscosa de la entidad se convirtió en una bola de nieve que se impactó en el mismo origen del grito de guerra.

Camino a Tlacotepec fue retenido por pobladores. De un momento a otro corrió la voz de que los policías ya les habían quitado “al colombiano” y en medio de la duda si sería trasladado a la sede de la Fiscalía Regional con sede en Cuautla estaba siendo ya encerrado en la comandancia municipal justo debajo del Ayuntamiento.

A las once horas con 53 minutos, en las empinadas calles subían hombres rápidamente; el sonido metálico de llaves de vehículos, botas, huaraches e interferencias de radios de comunicación interrumpieron el silencio de la comunidad y fue como si poco a poco despertara un gigante, una fiera que alguna vez fue encerrada en calabozo y que en otro tiempo dio el nombre de “el Tetela bronco”.

El tigre poco a poco desentumió las garras, despabiló ojos para mirar alrededor un entorno nuevo donde los teléfonos celulares se volvieron una amenaza. Personas que se identificaron como corresponsales fueron retirados del lugar de manera hostil.

A las doce horas con 17 minutos la alerta era inminente, al igual que el desenlace. La fiera giró en su propio eje hasta que de un zarpazo abrió la reja para atraer a su presa. El hombre corpulento, afrodescendiente y con una altura prominente sobre cualquiera ya estaba en la cueva del lobo.

Policías que se podían contar con una mano fueron expectantes; a sabiendas de que entregarlo sería inmolarse, dejaron que “las cosas” ocurrieran y se sacrificó el sentido común, protocolos y sendas leyes que en un santiamén se fueron al abismo.

A las doce horas con 40 minutos el anónimo colectivo se cohesionó en una pieza, como quien tiene entre sus dientes un hueso duro de roer, el epicentro del torbellino se trasladaba a varios puntos de la plaza.

El interrogatorio se elevó de tono estimulado en contradicciones que no fueron sujetas a comprobación. El tono bembón se fue apagando por la siguiente hora. Sesenta minutos concentraron años de omisión, meses de opacidad, semanas de gritos desaforados y días determinantes que quienes guardan el estado de Derecho no supieron escuchar. Sesenta minutos de secrecía mimetizada, a la orden del inconsciente colectivo como un llamado a la agonía.

Hacia las 14 horas llegaba la hora del clímax, el anunciado desenlace materializado con la llegada de agentes del Ministerio Público en la siguiente hora tras el aviso que sí dieron los cuerpos de seguridad.

A las 16 horas fue levantado el cuerpo de Ricardo Alonso de manera vertiginosa fotografías, datos y videos del vehículo en que Ricardo viajaba, incendiado allá rumbo a Tlacotepec, se distribuyeron en las redes sociales descritas como banderines de conquista aún sin haber pisado terreno.

“Mucha gente estuvo ahí pero tiene miedo a decir que nadie acusó a Richard de haberlo extorsionado”, precisa una connacional quien busca desmentir que consigo llevaba 80 mil pesos sino 9 mil. “Nadie merece morir de esa manera tan humillante, sin pruebas de nada y sin que la policía interviniera. Niños viendo esto y nadie hace nada. Quiero justicia porque pagan justos por pecadores”, concluye.

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