Así se contaba la leyenda de la Llorona en 1814

 

JUNIO DE 1814.- En nuestra tierra, casi todas las personas han oído en lo profundo de la noche el llanto desconsolado de una mujer que deambula por las calles. Desde hace siglos generaciones y generaciones de vecinos han sido sobresaltadas por sus sollozos.

Muchos son los que afirman que al amparo de la noche deambula por las calles y las orillas de los riachuelos un alma en pena de figura mortecina y rostro cadevérico, alta y desmelenada, de horribles y destellantes ojos, vestida de una túnica blanca y translúcida con un velo que le cae por el rostro. Recorre las calles con un paso tan ligero que parece flotar empujada por el viento.

Su lamento de lúgubres y agónicos gemidos hace temblar y crispar la piel del más valeroso de los varones. Los desdichados que se han atrevido a salir después del toque de queda y que por mala fortuna se encuentran con ella, mueren de espanto, con el terror dibujado en su rostro.

Cuentan que esta alma atormentado quedó cautiva en la vida de un suplicio que no encontró descanso ni en la muerte y cuyo doloroso lamento revela una búsqueda incesante que durará para toda la eternidad. ¡Ay, mis hijos! ¡Ay, mis hijos!, es el repetido lamento que escuchan los pobladores que la bautizaron con el nombre de la Llorona. Unos dicen que era una pobre mujer engañada a la que le habían arrebatado sus hijos, otros afirman que era una amante abandonada con el producto de sus ilícitos amores, algunos especulan que se trataba de una esposa despechada que en un arrebato de celos, ofuscada por el odio, mató a sus hijos para vengarse de su marido y arrepentida se quitó la vida. Hasta hubo quienes bordaron la consabida trama de un noble que engaña y abandona a una hermosa mujer sin linaje.

Asimismo, cuentan las crónicas antiguas que mucho antes de que los españoles pisaran nuestro suelo, ya se escuchaba un alarido lastimoso, sobrecogedor, hiriente. Un sonido agudo como escapado de la garganta de una mujer en agonía. El grito se extendía entre los templos, sobre el agua y rebotaba entre los montes y sus ecos se perdían a lo lejos, pero entre sus lamentos se escuchaban claramente las palabras: “Hijos míos, amados hijos del Anáhuac, vuestra destrucción está próxima…” Al oír estas palabras, los sacerdotes coincidían en que se trataba de la diosa Cihuacóatl, la deidad protectora de la raza, aquella buena madre que venía a prevenir a los antiguos pobladores de tan funesto destino.

Sin embargo, nadie sabe a ciencia cierta el origen de este espectro que aparece por las calles en su incansable búsqueda, sembrando terror y pánico entre la gente. Aunque lo cierto es que se trata de una pobre ánima que recuerda alguna falta cometida y que está condenada al eterno arrepentimiento.