BREVES HISTORIAS Y ALGO MÁS

 

 

  1. Enrique Alvarez Alcántara

 

25 de marzo de 2020

 

Breves Historias y Algo Más será la Columna que semanalmente escribiré para este medio y constará de narraciones, historias varias y breves ensayos sobre temas relacionados con diferentes ámbitos de nuestra vida sociocultural y algunas otras cuestiones relativas a la vida cotidiana que en los planos colectivos e individuales considero relevantes.

 

Debo agradecer a Dulce Valdepeña por haberme abierto este espacio de expresión de algunas ideas, pensamientos, sentimientos o emociones que espero, más que distraigan su atención, aporten elementos de juicio para su reflexión y análisis, además de que deseo sean de interés y posean buen estilo literario.

 

Quiero comenzar con un texto narrativo, el cual forma parte del libro Historias de Vida y algo más (editado y publicado por el Fondo Editorial Latinoamericano BookYachay, de Huancayo, Perú, en el año 2019), de modo que, de ser ello así, si desean adquirir el libro puedan comunicarse conmigo (al email: neuropsicologiadeld@gmail.com), o si quieren comentar o sugerir temas puedan hacerlo.

 

Aunque muchas de las veces imperceptible, invisible y oculto parece el proceso de organización, escritura, reescritura, revisión, corrección y diseño, debo, en aras del agradecimiento y la visibilización, mencionar a Erika Abarca García, pues sin su trabajo mis escritos no serían legibles.

 

Finalmente, el juicio sobre la pertinencia, claridad y seducción de este trabajo queda en ustedes, amables lectores.

 

Cuernavaca, Morelos. Marzo 25 del 2019

Mes de Susana Distancia por COVID 19

 

Variaciones sobre la Vida y la Muerte.

 

Tercera Variación

Era un quince de febrero del año de 1968. Aún no daba comienzo formalmente el Movimiento Estudiantil Popular que ese mismo año sacudiría al país entero desde la Ciudad de México y que marcaría indeleblemente la historia misma.

Sobre la calle de Gabriel Mancera, dentro de una clínica del IMSS, Ella esperaba el nacimiento de su hijo, creo que era el número seis de los que sobrevivieron a la muerte prematura, pues dos ya habían fallecido. Cinco más, enfrentaban junto con Ella y su esposo los embates de una pobreza que presagiaba muchas más desgracias.

Ese hijo que esperaba enfrentaba ya, desde antes de nacer, malos augurios pues apenas si cursaba el séptimo mes de gestación y ya había llegado a este mundo; además de haberlo hecho con muchos problemas.

Cuando entró el médico de turno a informarle de la situación, sin más ni más, dijo con una frialdad que aún reverberaba en su cabeza.

— Debo decir a usted que su hijo no podrá sobrevivir más de dos horas.

Fueron éstas las primeras palabras que escuchó claramente cuando recobró el estado de conciencia. Ignoraba qué significaban tales palabras. No podía creer ni entender lo que pasaba. Sin embargo, antes de lograr armar una idea clara de lo sucedido, escuchó lo siguiente:

— Su hijo tiene una cardiopatía congénita, además de haber nacido con el cordón umbilical enredado a su cuello de modo que la asfixia provocada por este evento, condujo también a que se dañara su cerebro. El daño a su cerebro y la cardiopatía congénita son incompatibles con la vida; por otro lado, tiene un peso bastante bajo para su edad gestacional y apenas si tenía siete meses de gestación; por ello, lo mejor para usted y para él es que muera lo antes posible. Ello les evitará mayores problemas.

Mientras Ella trataba de salir de un estado de confusión, incomprensión y marasmo, el médico de guardia daba explicaciones que Ella era incapaz de asimilar. Tal vez por ello sólo atinó a decir:

— Gracias.

El médico salió sin decir más palabras del lugar donde Ella se restablecía de ese parto prematuro y con serios problemas.

Transcurrieron las dos horas que separan el anuncio mortal de la criatura del desenlace efectivo de la muerte anunciada y ningún médico, o enfermera, o personal del propio hospital regresó a dar el anuncio de la muerte.

Siguieron sonando las manecillas de un reloj de pared que pendía frente a sus ojos y nada aún; quizás al cumplirse las primeras cinco horas a partir del nacimiento del niño regresó el mismo médico que hubiera anunciado el nacimiento del menor para decirle, otra vez con frialdad y una certeza a prueba de cualquier pregunta:

— No ha muerto todavía su hijo, pero no cabe duda que morirá pronto y que, tampoco lo dudo, será lo mejor para todos.

*

Ella, siendo una mujer a prueba de dolores de esta naturaleza, pues dos de sus hijos anteriores no lograron sobrevivir al segundo año de vida, debido a enfermedades prevenibles como la difteria y la neumonía—posteriormente dos más le serían arrebatados de la misma manera—, sólo atinaba a esperar el desenlace anunciado. También en su haber estaba un hijo con secuelas de poliomielitis de ya diez años, que vivía internado en un Centro de Recuperación Infantil hospitalario, bajo el resguardo de monjas de la caridad, desde ocho años atrás.

Ella, con cinco hijos, uno de ellos internado en tal Centro de Recuperación Infantil —como ya les había contado—, y los cuatro restantes viviendo en una colonia popular de la Ciudad de México, enfrentaba, por otra parte, una pobreza tal que los hijos guardarían en su memoria, a lo largo de su vida, el aroma de una estufa de petróleo con la cual preparaba Ella los miserables alimentos que engañaban el estómago de todos los miembros de dicha familia.

Su esposo, campesino migrado del campo a la ciudad —como Ella—, analfabeto —como Ella—, miserable —como Ella—, se encargaba, realizando aquí o allá algún trabajo, de proveer los recursos necesarios para sobrevivir y no morir en la miseria.

Él, ignoraba lo que sucedía en el Hospital. Ella, sola, esperaba regresar lo antes posible a su hogar para atender a su esposo y a sus otros cuatro hijos pues —como ya les he contado—, el otro estaba internado en el Centro de Recuperación Infantil, desde ocho años atrás y por los próximos dos años, ajeno a estas cuestiones que presentaba la vida a la familia.

De los cuatro hijos que vivían, o sobrevivían, con Ella y su esposo, tres varones eran lo suficientemente pequeños como para comprender estos asuntos y la mujer, ya una adolescente, ajena también a estas vicisitudes, cumplía el rol de madre sustituta, razón por la cual tenía el encargo de atender al Jefe de la Familia y a los hermanos.

*

Al día siguiente, casi 24 horas después del nacimiento del niño, nuevamente llegó el mismo médico ante Ella y, parándose frente a su camilla, repitió el mismo mensaje del día anterior.

— No ha muerto todavía su hijo, pero no cabe duda que morirá pronto y que, tampoco lo dudo, será lo mejor para todos.

Sin embargo, una pequeña y diminuta diferencia observó Ella, pues el médico agregó, con la misma frialdad y certidumbre a toda prueba:

— Ahora bien, si por un milagro llega a sobrevivir el niño, es mi deber y obligación decir a usted que éste nunca hablará y nunca caminará porque el daño a su cerebro es irreversible. Nunca podrá aprender nada y quedará como un vegetal; así que ruegue usted a la Virgen de Guadalupe que fallezca de una buena vez. Será, créamelo, lo mejor para la criatura, para usted y su familia.

Aturdida, Ella, ignoraba qué hacer. No lograba entender lo que pasaba. Únicamente le quedaba claro que su hijo no viviría y que lo mejor era su muerte. Lo demás —lo que se refería a que nunca caminaría, ni hablaría, ni aprendería—, era totalmente incomprensible o inentendible para Ella.

Únicamente le quedaba escuchar el tic tac del reloj de pared que se hallaba en la sala donde Ella se encontraba. Sólo le restaba esperar que le entregaran el cuerpo de su hijo y que le dijeran que podía retirarse a su hogar.

Sola, pese a encontrarse acompañada por otras mujeres que, como Ella, habían dado a luz alguna criatura, lloraba en silencio, con la mente en blanco, sin saber nada, absolutamente nada.

Transcurrieron las horas y los días y Ella fue “dada de alta”, pero no le fue entregado cuerpo alguno ni a su hijo recién nacido.

El médico informante le dijo:

— Su hijo no ha muerto. Creemos que no sobrevivirá un mes. Lo tendremos en una incubadora para observarlo y puede usted venir diariamente a visitarlo para que vea cómo va.

Así, transcurrieron treinta largos días en los cuales Ella, diariamente, como se lo indicaron, visitó a su hijo. Pasaron los treinta días y no murió. Los médicos del hospital decidieron entregar el hijo a su madre para que en su hogar siguiera su desarrollo y le pidieron que mensualmente llevara al niño a revisión médica, por supuesto, en caso de que no muriese.

Empero, enfatizaron de manera clara:

— No se asombre usted si no logra caminar ni hablar o si no aprende nada, pues, como ya se le dijo, nunca lo hará.

Así transcurrieron los primeros doce meses y luego los siguientes doce. Dos años transcurridos y el niño no caminaba ni hablaba, como dijeron los médicos.

Ésta no era la única circunstancia “especial” a tener en cuenta y atender, pues a partir del segundo año de vida de su hijo menor, el joven que permaneció internado regresó a su casa a tratar de integrarse a una dinámica familiar de la cual no formaba parte y que demandaba, según apreciaba Ella, atención especial, lo mismo que el niño de dos años.

Súbitamente, de pronto, así como así, sin preámbulo alguno, la familia pasaba de siete integrantes a ocho.

Como muchas de las familias en México, enfrentaba los problemas más ingentes que debían ser atendidos con urgencia; sin embargo, agregando dos hijos, dos hermanos, con algún signo de discapacidad.

El menor de ellos mostraba un retraso muy evidente en su desarrollo motor y del lenguaje, mientras el mayor presentaba algunas secuelas de la polio que le dificultaban el desplazamiento.

A toda la gama de necesidades que este tipo de familias en México enfrentaba, se sumaban las del más pequeño de ellos. A saber: Recibir la atención necesaria para favorecer su desarrollo psicomotor y del lenguaje, así como poder asistir a la escuela como los demás menores de su generación.

Por lo demás, aún pendía sobre él la soga que presagiaba una inminente muerte prematura.

*

Bajo estas circunstancias, ese niño de apenas dos años de nacido debía recibir los apoyos necesarios para que, a pesar de los pronósticos y mensajes desalentadores, pudiese superar las condiciones que enfrentaba –familiares, personales y del entorno sociocultural—.

Desde que le fue entregado a Ella, el menor en cuestión recibió de manera sistemática, gracias a su esfuerzo, atención médica permanente y educación prescolar en un Centro de Atención Psicopedagógica de Educación Prescolar (CAPEP) durante cerca de cinco años. Durante el mismo periodo de tiempo, antes de cumplir los siete u ocho años, ya había adquirido la marcha erguida y ya utilizaba el lenguaje articulado como herramienta de la comunicación, pese a haberlo logrado con serias dificultades y esfuerzos indescriptibles. A partir de esta edad y de este momento, hacia el año de 1976 –debo recordarles que aún no era un ser humano muerto, pese a pronósticos insistentes del gremio médico durante sus dos primeros años de vida—ingresó a una Escuela de Educación Especial, especializada en niños y jóvenes con un diagnóstico –para esa época—de Deficiencia Mental, y allí, cursó, a lo largo de ocho años más, lo que también en esa época se denominaba Educación Primaria Especial.

Al ingresar al último cuarto del siglo XX, hacia el año de 1976, con un certificado de Educación Primaria Especial, sabiendo leer y escribir –“más a ustedes les ruego que no se enfurezcan, pues toda criatura necesita la ayuda de todos” escribía el Poeta Bertold Brecht, dado que ni era hombre muerto y sí había logrado caminar de manera erguida, hablar y leer y escribir; es decir, sí había aprendido—se inscribió a la Escuela Nocturna –para adultos—a cursar su Educación Secundaria, nivel educativo que terminó los siguientes dos años.

De esta manera, hacia el año de 1988, con una edad de veinte años, hubo logrado culminar con éxito su educación secundaria y no morir como se dijo tantas veces.

Durante la década última del Siglo XX se integró laboralmente en un Centro de Atención Múltiple, en la Ciudad de México. Desde ese entonces no ha cesado de trabajar y seguir aprendiendo y, no lo olvido; Vivir.

Ella murió, no recuerdo en qué fecha. Su Esposo –como Ella—y padre de Él, también murió sin que pueda recordar la fecha.

Hoy 15 de febrero del 2018, como un sentido homenaje a Él, por haber cumplido cincuenta –sin cuenta—años, contra todos los pronósticos, y como un reconocimiento por su indescriptible lucha por la vida y la dignidad, escribo esta breve, muy breve, pese a no parecerlo, CRÓNICA…