Cuidar el campo y cuidarse del covid

 

Son familias cuidadoras de arrozales quienes además de cuidar el campo deben cuidarse del Covid. “Sí tengo miedo pero hay que seguir trabajando”, dice Juana mientras teje a la orilla de un apantle en uno de los campos de Cuautla.

Aún con los campos a pocos minutos de la zona urbana, no es difícil cambiar el paisaje para quien visita el municipio. Casi a la vuelta de la esquina se puede topar con un sembradío de maíz, arroz, alguna hortaliza o incluso, ver atravesar una manada de vacas, chivos o borregos.

Tres generaciones encuentro en uno de los campos de Santa Inés; Elvira, una anciana con sombrero, suéter, morral y un bastón; Pablito, un niño que se cubre del sol con una sudadera sobrepuesta y su madre Anselma, que al poco tiempo llegó para aumentar la vigilancia contra las aves depredadoras del grano.

Quienes viven la soledad del campo entienden el lenguaje de la naturaleza y la vida de este tipo de pájaros no es la excepción pues no los ven como una plaga sino como un ejemplo de lucha constante de supervivencia.

Lo mismo pasa con el virus que hoy mantiene a gran parte de la población en alerta y en aislamiento. Pero en el campo, el resguardo no existe; quienes trabajan la tierra saben que no pueden detenerse y se quedan con la información básica que para ellos es suficiente: que hay un virus desconocido y no hay vacuna todavía.

Algunos sólo alzan de hombros, hacen muecas y dicen que eso es para los de ciudad; en el campo el saludo de beso y mano no es costumbre basta con un “¿ya?” para saberse presentes.

Este jueves inicia la trilla del arroz y en las últimas semanas el campo suena a chasquido, a silbidos, gritos o latas llenas de piedritas para asustar a las aves pero también está “el pajarero” quien con chicote en mano despeja el cultivo como un oficio exclusivo para hombres.

Anselma tiene 10 hijos y todos cuidan campos o cultivos de berros (o bero, como ella pronuncia). Llegó desde Guerrero, cerca de Tlapa de Comonfort, dice porque allá no hay trabajo, no hay forma de conseguir dinero para el sustento y en Morelos ven una tierra de oportunidades y mejor calidad de vida que de la que salen.

Con un aire de capacidad de asombro, Elvira platica cómo es que las aves se comunican entre sí para tratar de evadirlos y forman manadas cuando los perciben distraídos

Llegó a Morelos hace siete años: “allá no hay dinero, hay puro para sembrar maíz, mazorca, frijol pero se necesita dinero para comprar jabón, sal” y confía en que el peyote es bueno para calenturas, dice al responder sobre su miedo al Covid: “sí tengo miedo pero Gracias a Dios no pasa nada”.

Elvira, Anselma y Pablito son parte de la población del estado colindante que migra a Morelos por falta de trabajo o forzados por la violencia. De acuerdo a las estadísticas oficiales, el 90 por ciento de los municipios de Guerrero tienen altos niveles de marginación y ocupa el primer lugar en migración interna.